La Biblia, Un Espejo

“Tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón” (Jeremías 15:16).

¡Estas palabras del apóstol Santiago 1:23-24 son sorprendentes!

Nos muestran el peligro de olvidar el mensaje de la Palabra de Dios.
Aquí el peligro se refiere, no a dejar de leer la Biblia, sino a leerla sin ponerla en práctica.
¡Por cierto, empecemos por leerla!

Entonces, como lo sugiere la imagen del espejo, el primer efecto es mostrarme lo que soy.
Y esto confiere a la lectura todo su peso, su importancia. Sin ese espejo de la Palabra no podré conocerme, incluso si hago la más cuidadosa introspección.
Pero no basta ser consciente de ello. Corro el riesgo de parecerme a alguien que, al mirarse en el espejo, comprueba que está sucio, pero no se lava.

La Biblia me hace tomar conciencia de mi estado, me enseña a hacer el bien; ella no puede hacerlo en mi lugar.
Pero si bien este espejo me muestra mi estado, esto no me lleva a la desesperación, pues estoy ante la luz del Dios que me ama, la luz del Dios Salvador.
La siguiente etapa es poner en práctica la Palabra.
Es todo el trabajo de la gracia de Dios en mí. Entonces mis acciones, frutos de haber escuchado esta palabra de Dios, pasan a ser una ilustración práctica, visible para todos.
En definitiva, escucho esta Palabra, no la olvido, la comprendo, y su mensaje se arraiga en mi vida mediante acciones que están en armonía con su contenido.
El Salmo 119 dice: “Ordena mis pasos con tu palabra, y ninguna iniquidad se enseñoree de mí” (v. 133).
Jeremías 17 – Lucas 20:27-47 – Salmo 94:1-7 – Proverbios 21:11-12

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