La Entrada Triunfal

Decid a la hija de Sión: tu Rey viene a ti, manso y sentado sobre un asno, sobre un pollino, hijo de animal de carga. Mateo 21:5
Muchos de nosotros hemos experimentado algún tipo de entrada triunfal, esos momentos en la vida en los que nuestra entrada marcó el final de una cosa, y el principio de otra.

Las graduaciones de la escuela secundaria, la universidad, el nacimiento de un hijo, la graduación del seminario.
Todo esto nos hace pensar en las entradas de nuestro Señor.
Jesús entró al mundo humildemente y sin fanfarria, dejando su lugar en el cielo para nacer en un establo y vivir con nosotros. Años más tarde, entró en Jerusalén para entregar su vida por nosotros. Aunque hubo una gran fanfarria, Jesús lo hizo con la misma humildad de su nacimiento, montado en una bestia de carga, sabiendo que iba en camino a levantar nuestra carga del pecado.

La entrada de Jesús marcó un cambio en el tiempo. Fue la finalización de su ministerio terrenal y el comienzo de los eventos que lo llevaron a la cruz. Su entrada eventualmente lo llevó a entregar su vida para que nosotros podamos entrar a su reino celestial.

Nuestro rey ha venido, y por medio de su obediencia y su sacrificio ha hecho posible una entrada triunfal para cada uno de nosotros.

Querido Jesús, ayúdanos a ver la nueva vida que hemos recibido después de tu entrada triunfal en Jerusalén y en el cielo. Fuiste a la cruz para darnos algo más importante de lo que pudiéramos experimentar por nosotros mismos: la vida eterna contigo en tu reino.
Cristo quiere ser el Amo y Señor de tu vida, todos los días de tu vida.
Si él aún no ha tomado el mando, hoy tenemos una oportunidad para reflexionar al respecto y permitir a Jesús “atraparnos” definitivamente y hacer su entrada triunfal en nuestras vidas de una vez y para siempre.
Que hoy sea una oportunidad para rendir verdaderamente nuestra vidas a Cristo y experimentar una adoración consciente:
“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”  Ro. 12:1

Decid a la hija de Sión: tu Rey viene a ti, manso y sentado sobre un asno, sobre un pollino, hijo de animal de carga. Mateo 21:5
Muchos de nosotros hemos experimentado algún tipo de entrada triunfal, esos momentos en la vida en los que nuestra entrada marcó el final de una cosa, y el principio de otra.

Las graduaciones de la escuela secundaria, la universidad, el nacimiento de un hijo, la graduación del seminario.
Todo esto nos hace pensar en las entradas de nuestro Señor.
Jesús entró al mundo humildemente y sin fanfarria, dejando su lugar en el cielo para nacer en un establo y vivir con nosotros. Años más tarde, entró en Jerusalén para entregar su vida por nosotros. Aunque hubo una gran fanfarria, Jesús lo hizo con la misma humildad de su nacimiento, montado en una bestia de carga, sabiendo que iba en camino a levantar nuestra carga del pecado.

La entrada de Jesús marcó un cambio en el tiempo. Fue la finalización de su ministerio terrenal y el comienzo de los eventos que lo llevaron a la cruz. Su entrada eventualmente lo llevó a entregar su vida para que nosotros podamos entrar a su reino celestial.

Nuestro rey ha venido, y por medio de su obediencia y su sacrificio ha hecho posible una entrada triunfal para cada uno de nosotros.

Querido Jesús, ayúdanos a ver la nueva vida que hemos recibido después de tu entrada triunfal en Jerusalén y en el cielo. Fuiste a la cruz para darnos algo más importante de lo que pudiéramos experimentar por nosotros mismos: la vida eterna contigo en tu reino.
Cristo quiere ser el Amo y Señor de tu vida, todos los días de tu vida.
Si él aún no ha tomado el mando, hoy tenemos una oportunidad para reflexionar al respecto y permitir a Jesús “atraparnos” definitivamente y hacer su entrada triunfal en nuestras vidas de una vez y para siempre.
Que hoy sea una oportunidad para rendir verdaderamente nuestra vidas a Cristo y experimentar una adoración consciente:
“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”  Ro. 12:1

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