La Libertad (3)

Sólo Jesús vivió como hombre libre en esta tierra, porque siempre estaba en perfecta comunión con su Padre. Sólo él puede darme la verdadera libertad.

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Toda forma de independencia con respecto a Dios se convierte en una cárcel. No tengo otra alternativa que estar en relación con Dios, mediante Jesucristo, o estar encerrado en la cárcel de mi «Yo».

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La libertad es hacer el bien sin preocuparme de las consecuencias.
Es no responder al mal con el mal, sino vencer el mal con el bien (Romanos 12:21).
Una fuerza así viene de Cristo, con la seguridad de que él es vencedor y está por encima de todo.

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Sólo si soy consciente del amor de Cristo por mí puedo pensar como él piensa, estar a su lado y ver las cosas como él las ve.
Entonces mi capacidad para hacer algo, mis decisiones, están en sus manos.
Mi vida consiste en unirme a su obra, seguir sus caminos, ser su colaborador.

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La libertad tiene como fundamento el don de Dios.
Mi única responsabilidad es recibirlo. Entonces experimento que su gracia es suficiente, pues su poder puede manifestarse en medio de mi propia debilidad. Así es como el cristiano, liberado de sí mismo, puede todo en Aquel que lo fortalece.

Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.
Filipenses 4:13

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