¡No Erréis! (3)

No erréis; ni los fornicarios… ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.
1 Corintios 6:9-11

Nos podría sorprender que la advertencia citada en el versículo de hoy esté dirigida a cristianos. Pero recordemos que nuestra naturaleza, corrompida desde nuestro nacimiento, no desaparece cuando nos convertimos; puede manifestarse en cualquier momento.

Si dejamos actuar esta vieja naturaleza, puede llevarnos a cometer faltas graves. Por su parte, Dios no soporta el mal y no aceptará en su presencia a ninguna persona que esté contaminada por el pecado. Únicamente los que obtuvieron el perdón de sus pecados mediante la fe en Jesucristo pueden estar ante él.

Entonces, ¿esto significa que si un creyente cae en uno de los pecados arriba citados pierde su salvación? Si tiene la vida de Dios, no la perderá; se arrepentirá y confesará su falta.

La segunda parte del texto nos muestra los resultados de la obra de Jesucristo por nosotros.
Una madre que acaba de bañar y cambiar a su hijo le dice:

«¡Estás limpio; me esforcé mucho en lavarte y limpiarte la ropa; ten cuidado e intenta no volverte a manchar!».

El Señor Jesús sufrió inmensamente a fin de limpiarnos para el cielo.
Y desea que esto nos sensibilice con respecto al pecado.

No nos dejemos contaminar restándole importancia al pecado.

¿Podríamos ser indiferentes al precio que nuestro Salvador pagó para
lavarnos de nuestros pecados? “Aborreced lo malo, seguid lo bueno” (Romanos 12:9). “Absteneos de toda especie de mal” (1 Tesalonicenses 5:22).

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